Cada mañana mis ojos traen

gotas de lluvia,

en su mirar.

Siempre es otoño,

siempre es invierno,

mi despertar.

Y aquí en mi alma,

es la tristeza dueña del alba,

la que domina mi voluntad.

Va paso a paso, junto a mis pasos

al caminar.

Y es siempre sombra, junto a mi sombra

sin claudicar.

Una sonrisa dibuja a prisa

sobre mi rostro,

para los rostros de los demás.

Mientras me abrazo a los fracasos

del verbo amar.

 

Mis ojos traen cada mañana la sal del mar,

y en su mirada muere callada,

la misma lágrima,

una vez más.

Volver